acs-grupo-cobra

-Voy a escribir la experiencia más horrible que he vivido, para que nadie tenga curiosidad por vivirla, y tengáis muchísimo cuidado, compañeros moteros que me leen. Lo escribo también para recordarla el resto de mi vida como un espectador de lo que pudo haber pasado y de las casualidades que concurrieron para permitirme hoy contarlo. Estoy vivo; estoy bien. En unas semanas estaré mejor que antes incluso. Pero hace dos meses pensaba que me moría. Sí. Ya sé que no me moría porque lo estoy contando, pero ñoño de mí, lo llegué a pensar.

Bajaba la calle General Ricardos en mi moto, feliz y satisfecho con mi jornada del entrenamiento teatral, cuando un coche negro en dirección contraria invadió mi carril dando un volantazo brusco, como si quisiera provocar un accidente, o como si el conductor fuera uno de esos noveles adolescentes que conducen en un videojuego permanente con vidas infinitas.

Lo que ocurre después según el atestado policial y los testigos, es que impacto contra ese coche negro y salgo despedido arrastrándome por el asfalto hasta el carril de al lado y otro coche me golpea y pasa por encima de mí aplastándome el brazo y la cabeza. Conozco el atestado porque me lo dijeron por teléfono dos días después cuando llamé a la Policía Municipal de la calle del Plomo.-

YO: Buenos días. Llamo por un accidente que sucedió el martes en General Ricardos 17 a las…

POLICÍA: Sí. A las 13:05.

YO: Justo. Quería sab…

POLICÍA: Sí. Han hecho el atestado unos compañeros que se personaron allí en el número 17. Me han contado que un motorista chocó de frente con un vehículo y luego otro vehículo le pasó por encima de la cabeza. Supongo.. O no sé. Bueno, no sé si habrá fallecido al final o…

YO: Soy yo el motorista. Estoy vivo.

-El atestado policial por supuesto omite el ruido, los gritos, el miedo y la sensación en primera persona, y a mí me gustaría relatarlo.

13:05. Nada más ver ese coche negro frente a mí, recuerdo la adrenalina diciéndome cosas como “frena”, “esquívalo”, “prepárate para el golpe”, e inmediatamente después un vacío de medio segundo en mi memoria debido quizá al golpe, que se recupera en imágenes de ese coche alejándose muy cerca a mi izquierda, ruido metálico de chapa en el asfalto y mi cuerpo suspendido un instante en el aire hasta caer contra el suelo como una cáscara de plátano fácil de retorcer. Por alguna razón, tuve ahí un raro y muy fugaz pensamiento de haber vivido ya ese momento, o haberlo soñado.
Antes de que me dé tiempo a reaccionar y pensar en el daño que me he hecho, siento un nuevo golpe muy fuerte en la cabeza viniendo de mi derecha y desplazándome en el espacio no muy lejos porque en seguida algo me atrapa y aplasta mi brazo y la cabeza.

Hasta aquí, sólo habían pasado dos segundos desde que vi ese coche negro y sin todavía entender demasiado, ya sabía que era algo grave, antes de escuchar esa coreografía de sonidos que acompañan un accidente: gente gritando en varias distancias, algún coche despistado pitando en la lejanía, puertas de coche abriéndose, una señora no muy lejos diciendo “ay, ay, ay”, y una tensión especial en las partes de silencio, como cuando en una obra de teatro el público está en silencio pero sabes por alguna razón si les está gustando, si no. Una tensión trágica.

El atropello me había desplazado un poco dejándome en una postura anti-natura sentado con las piernas cruzadas pero las rodillas en el suelo, con un dolor muy fuerte en la cabeza y varias partes del cuerpo, mareo y confusión. Sentí fuego en el brazo derecho y otra vez se coló un pensamiento fugaz de “esto no es una simple caída Raúl”. Cuando quise chequear mi brazo vi que el cristal del casco estaba llenándose de sangre.

Abrí como pude el cristal y vi que mi nariz era un grifo abierto de sangre que ahora pintaba la carretera, y subía unos grados la tensión de la calle. Hasta este punto de la historia habrían pasado entre 5 y 7 segundos. Sólo eso. Pero fue ahí en ese preciso momento en el que pensé: “Ya está. Quizá es esto el final. Quizá se acaba así, con dolor en el cuerpo, adrenalina, gritos de gente. Esta podría ser la sensación de mucha gente antes de morir: ver tu propia sangre amontonándose en un charco en el asfalto cada vez mayor, con un miedo triste pero sorprendentemente tranquilo.”

Entonces sentí una fuerza dentro de mí que se negaba en rotundo a terminar ahí y me empujaba a ponerme de pie pero el dolor y el mareo me dieron la movilidad de una persona de 98 años y no pude más que quedarme a media altura mareado, con sólo una rodilla hincada en el suelo. Sintiendo mucho dolor. “No te levantes! Quédate en el suelo!”, oía desde varias direcciones hasta que alguien me puso el brazo sobre el hombro con la intención de empujarme de vuelta al suelo.-

YO: No, espera.

-Creo que le dije, pero puede ser que sólo lo pensara tensando mi cuerpo para no volver al suelo. Estaba convencido de que si me tumbaba, iba a ser el final porque la gente se muere tumbada. Supongo que es así como debe de razonar una persona después de ser golpeada y atropellada por un vehículo de más de una tonelada.

Finalmente escuché entre todas una voz conocida, la de Esperanza, una compañera del entrenamiento de teatro. Casi no la conocía. Sólo cambié un par de palabras amables con ella en un descanso, pero reconocí su voz fuerte y temblorosa que ahora sonaba autoritaria y maternal. Era como una cuerda que me trajo de nuevo al mundo.-

Esperanza: Raúl quédate en el suelo. Hazme caso por favor.

-Miré mi moto por primera y última vez y me tumbé derrotado. A partir de ese instante, no volví a recuperar la verticalidad, y el resto de mi historia se cuenta sólo de abajo a arriba, con imágenes de cielos, techos de ambulancias, de la UVI, etc, y un gran desfile de caras.

Tenía tanto dolor en tantas partes del cuerpo, que mi cabeza no se decidía por qué chequear primero y opté por darme unos segundos de descanso simplemente mirando el cielo. Un momento en el que sabía que había mucho más ruido y movimiento en la calle, pero no era capaz de distinguir nada más que mis pensamientos y la sangre que tragaba. Estaba muy triste pero tranquilo, tumbado solo, sintiendo el frío de la carretera, gente corriendo y gritando a mi alrededor. Juraría que oí a varias personas gritar algo sobre una ambulancia y otros preguntarme por mi estado, pero no estoy seguro porque estaba tranquilo tratando de disfrutar del cielo durante unos segundos de paz y soledad entre el caos.

Volví a tragar una buena cantidad de sangre que me devolvió al mundo de nuevo, al dolor, al brazo, cabeza, a la confusión y miedo que de nuevo me hacía pensar que podría ser el final.-

ALGUIEN1: Ostiás, ostiás! Joder! Estás bien? No te muevas!

YO: No lo sé.

ALGUIEN1: No te he visto, joder! No te he visto!

YO: Necesito una ambulancia.

ALGUIEN1: Tranquilo. Tú no te muevas nada. Ya está viniendo.

-Otro hombre de unos cuarenta y pico años, se acercó con unos guantes de hospital puestos, me preguntó el nombre y me dijo el suyo, pero no lo recuerdo.-

YO: Estoy muy mal? –Dije antes de decirle mi nombre.-

HOMBRE CON GUANTES: Cómo te llamas? –Insiste mientras me pone gasas en la nariz.-

YO: Raúl.

HOMBRE CON GUANTES: Puedes mover todo el cuerpo? Mueve los dedos de los pies.

-Chequeo que puedo mover los dedos mientras más gente se empieza a acercar por todas partes.-

YO: Qué me va a pasar?

HOMBRE CON GUANTES: Qué te va a pasar? Pues nada. Estás muy bien, tranquilo que no ha sido nada. Mañana estás brindando con tus amigos.

-Inmediatamente después HOMBRE CON GUANTES hace un gesto de preocupación a ALGUIEN1, con un leve movimiento de la cara y las cejas. Tenía la cabeza inmovilizada, pero le vi. Quise decirle que le había visto hacer ese gesto, pero el miedo cambió mis palabras por lágrimas, en un llanto tranquilo, sin fuerza ni diafragma, como si las lágrimas resbalaran solas. Él me secó la mejilla y nunca supo que le había visto hacer eso.-

ALGUIEN1: Tú tranquilo que te vas a poner bien. Cómo te llamas?

YO: Raúl. Y tú?

ALGUIEN1: Alejandro. Ahora viene la ambulancia.

YO: -a HOMBRE CON GUANTES.- No eres de una ambulancia entonces?

HOMBRE CON GUANTES: No. Tú no te preocupes que ahora viene. Te duele el pecho?

-No sé si le respondí. En seguida se acerca una señora con pelo corto y la misma ropa corporativa que el hombre con guantes. Acerca la cara a escasos centímetros de la mía, observando mis heridas.-

SEÑORA1: Habéis visto cómo ha sido? Dónde se ha golpeado? –Preguntaba a los demás pese a estar cara a cara conmigo a pocos centímetros.-

YO: Me duele mucho la cabeza y el cuerpo. Me choqué y después algo me dio en la cabeza muy fuerte y…

ALEJANDRO: -Interrumpiendo.- Yo le he atropellado. Pero es que no le he visto! Creo que he pasado por encima de él.

YO: Mi moto está bien?

HOMBRE CON GUANTES: Raúl tú ahora olvídate de la moto.

-Vuelvo a distinguir la voz de Esperanza a lo lejos.-

ESPERANZA: …Y el hijo de puta se ha dado a la fuga!

-Una sirena de policía se acerca y su luz se refleja en la parte de arriba de la carrocería blanca del Citroen C4 de Alejandro. Se oye el ruido de dos puertas de coche abriéndose y veo una silueta de policía, mientras otro se aleja a otro lugar.-

POLICÍA1: Qué ha pasado?

-Mucha gente le responde a la vez. Justo ahí me doy cuenta de que hay más gente alrededor mío de lo que pensaba. El policía se acerca a mí.-

POLICÍA: Soy policía. Cómo se llama usted?

YO: Raúl.

POLICÍA: Sé que es complicado, pero le voy a pedir que me diga dónde está su DNI.

YO: En una cartera en el bolsillo izquierdo del pantalón. Dónde está la ambulancia?

POLICÍA: Está de camino. Voy a cogerlo yo. Usted no se mueva.

SEÑORA2: Está bien? Puedo hacer algo?

ESPERANZA: -Desde lejos.- No tiene ningún sentido esta línea de aquí. Está muy mal señalizado.

-Oigo esto último a Esperanza y empiezo a pensar que quizá cometí una infracción.-

YO: Me he metido en el carril contrario?

HOMBRE CON GUANTES: Parece ser que no estaba señalizado.

CHICA1: Esto está a medio hacer! Hay una línea amarilla pero más arriba no hay nada. El mismo carril cambia de sentido sin ninguna señalización. Se va a matar más gente!

YO: -A HOMBRE CON GUANTES.- Dile a esta muchacha que yo aún estoy vivo!

HOMBRE CON GUANTES: Tú estás muy vivo y lo que te queda.

ALEJANDRO: Hay una línea amarilla. Parece ser que han empezado a dibujarla y se han quedado a medio y entonces está muy confuso. Creo que el otro coche invadió tu carril.

CHICO1: El coche se ha dado a la fuga. El hijo de puta!

SEÑORA3: Es horrible!

YO: Por favor alguien puede hacer fotos?

POLICÍA2: Usted tranquilo que ya está haciendo fotos el equipo de atestados.

CHICA1: Dónde está la puta ambulancia joder?

-De repente entre varias caras reconozco la de otro compañero de clase, Pantany.-

Pantany: Raúl. Tranquilo. Te vas a poner bien.

ESPERANZA: Raúl es Pantany de clase.

-Uno de los dos puso la mano sobre la mía llena de heridas, sintiendo por primera vez calor, amor y esperanza. Me emocioné y les di las gracias de una forma torpe y fuera de contexto.-

YO: Necesito que llaméis a un número de teléfono.

PANTANY: Dámelo.

YO: -Se lo doy.- Por favor dile que estoy bien y que no diga nada a mis padres.

PANTANY: Quién es?

YO: Sauce. Mi ex.

PANTANY: No, no… –Dice en un tono como si yo estuviera delirando, mientras cuelga.-

YO: Que sí. Que no pasa nada.

PANTANY: Dame otro número.

YO: Sólo sé el de mi padre pero no quiero que lo sepa. Llama a ese que te…

PANTANY: Llamo desde tu teléfono.

-Fue muy difícil explicar cómo desbloquear la pantalla. Mis manos estaban inutilizadas y llenas de heridas y no era de mucha ayuda. Finalmente llamó a mi hermano y quedó la llamada registrada a las 13:28, veintitrés minutos después del accidente. La escena se llenó con más policías, luces azules y gente que hablaba de mí como si yo no estuviera allí.-

SEÑORA1: -A un policía.- A este chico hay que llevarle ya a un hospital.

-Después de unos minutos donde varias personas se quejaban de la tardanza de la ambulancia a la policía, cada vez de una forma más agresiva, el SAMUR llegó entre luces y sirenas, media hora después del accidente a las 13:33, robando la atención de todos los que pude ver desde mi perspectiva de cielo, árboles de paseo y caras desconocidas. También empezaron a hacer preguntas como si yo no estuviera allí.-

TRABAJADORA DEL SAMUR 1: Qué ha pasado?

YO: Me he pegado una súper ostia de récord.

-En el fondo, mi comentario me hizo a mí mismo un poco de gracia. La TRABAJADORA DEL SAMUR 1 escucha lo que le cuentan los demás mientras se acerca a mí. Es una mujer atractiva de treinta y pocos años, con un pañuelo del SAMUR en la cabeza que me pareció que le daba un toque muy sexy. Se presenta, me pregunta el nombre, las partes que me duelen, mientras otros dos trabajadores del SAMUR me chequean todo el cuerpo y hacen preguntas a la vez para que mueva esto y lo otro. Me quitan entre dos el casco y colocan una estructura extraña que sujeta mi cabeza por varios ángulos. De repente me sentí a salvo y empecé a recuperar un extraño sentido del humor que cuando estoy sano puede desesperar a mucha gente.-

TRABAJADORA DEL SAMUR 1: Te vamos a colocar la pala.

YO: La pala?

TRABAJADOR DEL SAMUR 2: Sí. La pala. Tú no te muevas nada que lo hacemos todo nosotros.

YO: Pero cómo que la pala? Me vais a tirar a una escombrera?

TRABAJADOR DEL SAMUR 2: Directo a la escombrera más cercana.

TRABAJADOR DEL SAMUR 3: Eso es.

YO: -Divirtiéndome con la tontería.- No venga tíos, dadme una chance que a lo mejor me recupero.

-No me siguen el juego y mi frase se queda flotando en el aire como un mal chiste que nadie quiere comentar. Colocan la pala (también llamada “cuchara”, o lo que todos conocemos por simple “camilla”) y empiezo a resbalar por el suelo en una nueva perspectiva donde veía a varios vecinos de los edificios asomados a sus ventanas, mirándome como cuando alguna vez he mirado yo un accidente. Con ese morbo que nos queremos auto-negar, pero que todos tenemos. No me gustó sentirme así observado desde la pasividad, al aburrimiento, pero tampoco le di importancia porque estaba viviendo en una película con ahora un travelling que me deslizaba nuevas imágenes, nuevas caras con reflejos de miedo; otras con simple curiosidad.

Me encajaron en la ambulancia hasta el final donde pude ver por primera vez mi reflejo en una lámina roja de plástico en el techo de la misma. Mi cara era horrible: Nariz hinchada como una berenjena, varias manchas de sangre, collarín y un andamio sujeta-cabeza algo exagerado que me convertía en una suerte de robot-transformer. Cinco o seis trabajadores me hacían cosas a la vez en los brazos, piernas, cabeza, tensión, calmantes, tijeras cortándome la ropa, el pitido intermitente de mis pulsaciones…-

YO: Qué me va a pasar?

TRABAJADOR DEL SAMUR 2 o 3: Tú no te asustes que esto es el protocolo, pero no te va a pasar nada. Ya verás.

YO: Un resfriado sí sé que he cogido seguro esperando la ambulancia tumbado en la carretera.

TRABAJADOR DEL SAMUR 3 o 2: -Obviando mi comentario completamente, le comenta a otro compañero.- Ya viene Charlie.

TRABAJADORA DEL SAMUR 1: -Me explica.- Charlie es nuestro jefe; no un vietnamita enemigo.

YO: Joder sois unos cachondos. Así da gusto tener un accidente.

La historia continúa en la UVI un tiempo y luego dentro de varias máquinas del hospital 12 de Octubre que chequean mi cuerpo y verifican que estoy bien. Que para lo que me ha pasado, estoy muy sano. Que Lobezno es un cacas a mi lado. Que ando cojito pero andaré mejor y correré y saltaré. Que la vida es maravillosa. Que nos preocupamos por demasiadas gilipolleces. Que no te olvides de decirle que le quieres a tu padre, a tu amigo… Que nuestra especie es muy vulnerable y tuviste ansiedad por tonterías, y un día un coche se te pone de frente y regalaste demasiado tiempo a lo que no es importante.

Me toca una lucha contra el mayor grupo de empresas de España que no señalizó correctamente la vía, pero ya estoy más vivo y más feliz que antes del accidente.

 

Beatmac

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